Autor: profepaco (Página 1 de 14)

Fotografía

En las fotografías que ahora miro
de un tiempo que ha dejado de ser tiempo
para cifrarse en una sensación,
puedo palpar la verdad de los kilos,
levantar actas de cabellos blancos,
deshacer el enigma de los sitios.

Puede parecer que soy yo el que se va cambiando,
pero es la vida la que se altera alrededor
envejeciendo pieles amigas que acaricio,
arrugando los labios que beso, deformando
la realidad de los pechos a los que me asomo,
destintando los cabellos en los que se pierden
estas manos que ya no reciben como entonces
químicas del amor en los parques solitarios.

Sólo el insomnio queda. La inconsciencia
se ha vuelto decrepitud y nostalgia,
los amigos son cada vez más tiernos
que su propio recuerdo.

No soy yo el que cambia, siempre son ellos,
es la vida que se va retorciendo
como una turbulencia que me arrastra
hacia el acto final sin testigos.

Todo mengua despacio: el espíritu, la rabia,
la importancia de las cosas que se me disuelve
en el paso de los días rutinarios.

La esperanza hace aguas, el tumulto se aclimata
a unas pocas tardes raras de abril
que me llegan en desbandada, como si huyeran
hacia un futuro inexacto y difícil.

Me falta aire, el espacio se me agota.

Sólo los sueños crecen cuando te metes dentro
no sé por qué resquicio,
pero del resto de este mundo todo me falta
-la memoria, el presente, el desconcierto-,
y todo se me queda estrecho como un abrigo
heredado a destiempo.

Puede parecer que soy yo quien cambia,
pero es la vida la que cambia a mi alrededor
estrangulándome sobre mí mismo.

Sólo los sueños me guardan espacio,
supongo que porque siempre conquistan
el lado de la foto en que no estás.

Que la vida nos proteja

Pareciera
que, en esta vida, aquello
que no quema
es que no está encendido,
que lo que no brilla por un instante
no tiene luz.

todo lo repetido
pesa profundamente sobre los corazones,

Poner en pie el olvido y la palabra

esperas que el tiempo desangre lo nombrado
que el cuerpo resista los golpes de la ausencia
que la vida continue más allá de las palabras
que el porvenir sea el próximo autobús
que la rabia no sea tu parada.

el dinero nos cuesta más de lo que vale

que la vida nos proteja de lo que los demás buscan en nosotros

Para terminar

Que no se diga más que tú
Que no se diga más que yo
Que no se diga más
que nosotros
que dijimos
que cosas
que matamos
que al otro

que para terminar
que mutuamente
que nos callamos.

Francisco Martinovich

En plena noche

También en plena noche
la nieve
se derrite blanca

y la lluvia
cae
sin perder su transparencia.

Es ella, la noche,
la que nos libra de los reflejos,

la que nos expande
las pupilas.

Lo que busca con su bastón
el ciego es la luz, no el camino.

Orillas

Afuera ladra un perro

a una sombra, a su eco
o a la luna
para hacer menos cruel la distancia.

Siempre es para huir que cerramos
una puerta,
es desierto la desnudez que no es promesa

la lejanía
de estar cerca sin tocarse
como bordes de la misma herida.

Adentro no cabe adentro,

no son mis ojos
los que pueden mirarme a los ojos,
son siempre los labios de otro
los que me anuncian mi nombre.

Hugo Mujica

Persistiendo

Por el mismo camino estrecho y con el mismo desconocimiento de hacia dónde me lleva. Aquí, persistiendo en los mismos errores cometidos después de haberme entrenado a conciencia para evitarlos.

Terminando los mismos ciclos, dando otra primavera por perdida, desesperando un otro verano que posiblemente también acabe siendo el mismo de todos los años.

Mantengo guardado en el centro de mi corazón de madera, como un tesoro que contemplar en noches difíciles, una mesa de bar con tus nombres grabados, con fechas atrapadas en arrugas del calendario y teléfonos de la esperanza que alguna vez me supe de memoria.

Sigo en la misma batalla conmigo mismo, dilucidando nubes que no están en el cielo, extrapolando sueños pequeñitos antes de que exploten, extrañando aromas que llevo adosados a esa parte de mí que ya no soy yo. Y, al mismo tiempo, mirando hacia la vuelta de la esquina, asomando mi vértigo al abismo conocido de otras caídas, dando pasos trémulos que no pretenden ser rectos ni torcidos, sino míos tan sólo.

Persisto en practicar este tipo de sexo raro, relleno de teclas-beso, de carícias-tilde, de amores-párrafo. Un sexo lejano de actos-frase, un sentimiento distante de comas-mordisco, una emoción contenida en historias-texto con finales tristes que intento endulzar apostándolo todo al azar del punto y seguido.

Insisto en este cálido desconsuelo de conservar el brillo de todo lo que ya he dado por perdido, para mantenerlo encendido a pesar de las luces. Persisto en adornar con un cierto estatus clandestino todas las cruces de mi mapa del tesoro. Consisto en este no saber decir nada que no haya sido escrito primero y, después, convertido en mentira.

Libremente atrapado en el mismo insomnio que he sido, que soy, que terminaré siendo, y que ya no distingo del sueño o del duermevela. Sigo domiciliado en la espera, habitando en la víspera del porvenir que nunca llega.

Persisto en el filo del mar, acechando olas que me revuelquen por la arena aunque trague agua por la nariz y la sal me deje un sabor áspero en la garganta. Continuo prefiriendo la lluvia y su humedad a la placidez de la calma que viene después de las tormentas.

Continuo en el mismo antro que desgrana la misma música por los altavoces del ruido de fondo. Y, en fin, sigo con los mismos kilos sin perder, con el mismo humo sin vender, con la misma ansiedad de sofá y la misma pereza hecha sótano.

He cambiado muy poco: alguna ropa de las rebajas, unos muebles de jardín que estaban de oferta, el color de unas paredes que no combinaba; algunos nombres desconocidos que llevarme a la boca, otros mapas en los que andar a gatas y perdido, nuevas rayas en el agua, cierto descontrol de pelusas por debajo de la cama y las consabidas actulizaciones de windows.

En fin, que sigo huyendo hacia delante, descubriendo que los nuevos caminos conducen siempre a los mismos sitios, aprendiendo que no hay otro modo de caminar que no sea en círculo; persisitendo en encontrar respuestas para esa pregunta que nadie ha conseguido nunca formular, en ningún idioma, con las palabras de otro dichas al oído.

Algunas de mis manías personales

Podría presentarme dando los datos habituales de filiación, adornando mi dni con serum o inventando una biografía —al fin y al cabo todas lo son— que me quedase un par de tallas más grande que la verdadera. Podría haber dicho que fui maestro de infantil y proponer algunas de las muchas anécdotas que la escuela me regaló.

Pero he preferido en lugar de tanta formalidad, presentarme contando seis de mis manías curiosas, de esas de las que todos tenemos una colección:

Uno. No me gusta mezclar palabras y números. No hay una razón concreta, por puro gusto estético, porque me parece que las cifras se sienten ridículas entre tanta letra. Por eso siempre pongo sus nombres.

Dos. Detesto que el ordenador corrija lo que escribo, que le ponga una rayita roja ondulada a mis palabras medio inventadas o a las precipitaciones de mis dedos, Son como heridas en el texto que parecen doler mientras sangran.

Tres. Cuando leo algo, lo primero que me imagino es la voz de quien lo escribe recitándomelo al oído. En caso de duda, siempre elijo voz de mujer, de alguna mujer conocida y cercana. Cuando algunas veces sucede que consigo conocer la voz real de quien ha escrito el texto, casi siempre acaba en decepción.

Cuatro. Pongo en prosa las poesías antes de leerlas. Me agobian los renglones cortos de los versos y todos los caminos estrechos del pensamiento. También escribo los versos en prosa, por el mismo motivo, aun sabiendo que así es más difícil reconocerlos como poesía.

Cinco. Hace mucho tiempo que no consigo llorar. Digo llorar desconsoladamente, a moco hebra, con ese llanto que te deja los pulmones sin aire y al que, en algunos instantes, tanto hubiera deseado acogerme. Tampoco sé —y tal vez sea aún peor— reír a pierna suelta.

Seis. Al día siguiente, nunca recuerdo lo que escribí. Cuando me comentan algo, tengo que releerme el texto en cuestión para saber qué era lo que yo había escrito. Cuando me rondan palabras y consigo atraparlas en un texto, se me van de la cabeza del mismo modo en que ahora no sé a qué venía yo a la cocina. Escribo pues, como si hiciera un exorcismo.

Escribo para estar en el mundo y para salirme de él. Escribo como el que recita un encantamiento antiguo que le lleva a otros mundos. Escribo para comprarme una vida.

Escribo, en fin, porque busco que en alguna parte, en algún momento, sí sea posible.

Perdonadme si he preferido no contar las rarezas de la otra vida que vivo. Es que no quiero confundirme, ni ser confundido.

Casi desnudo…
Inventando otra vida…

Monólogo

Cuando empecé a escribir este texto, ya llevaba más de 24 horas sin hablar con nadie.

Bien es cierto que escribí un sms y un correo, y que leí las correspondientes respuestas. Pero no he escuchado mi propia voz.

Es fiesta en el pueblo y, cómo no, hay jaleo de vecinos que suben y bajan a la feria. Más que escucharlos, los oigo como a lo lejos, como el que escucha el ruido del mar mientras lee una novela.

No es tan raro esto que me ocurre. Si eliminamos los saludos protocolarios, las conversaciones banales sobre el tiempo o contestar a la cajera del mercadona que no quiero bolsa, me ha pasado varias veces.

Todos los idiomas tienen una parte dedicada a ese no decir nada que tantas páginas u horas de emisión consume. Tantos encuentros se desmoronan en ese no decir nada que tienen todos los idiomas que, para cuando se tiene mi edad, uno ya es un experto, aun dedicándole poco esfuerzo.

Sin embargo, en esas 24 horas, no he dejado de pensar ni un solo momento, ni siquiera en sueños; aunque esa parte no la puedo demostrar.

Cuando hace unos años me decidí a escribir todo eso que pienso y que nunca le digo a nadie, ni siquiera a ti, sentí cierto alivio.

Pero, curiosamente, ese alivio no consistía en hacerme entender, ni en conseguir respuestas empáticas de los lectores; sino en el simple hecho de sacarlas de mi mente, expulsarlas como sobrante para poder olvidarlas en cuanto que las escribía y dejar paso a las palabras siguientes.

Últimamente ya no. Quiero decir que las suelto como antes, las escribo cuidadosamente, pero no se me van. Se quedan, girando, enmarañándome los pensamientos y la soledad, orbitando a mi alrededor como satélites que me cercan y me vigilan estrechamente, a todas horas, buscando un hueco en mi memoria al que volver.

No tengo teoría al respecto, simplemente te lo cuento por si tú sabes de qué estoy hablando o por qué me pasa esto. No lo sé y, al tiempo que me fascina el cambio, me preocupa.

Sólo sé que, últimamente, escribir se me parece mucho a hablar solo.

Maniobra evasiva

Hay que enfrentar los problemas, dicen todos los manuales. Odio esta frase hasta el mismo tuétano, entre otras cosas, porque si no estuviera literalmente traducida del inglés, diríamos afrontar; pero, sobre todo, odio que nadie aclare que antes hay que reunir el valor y la habilidad suficientes.

Como el primero no lo tengo y con la segunda estoy en ello, prefiero, antes que aceptar la derrota inevitable de la frasecita suicida, inventar una maniobra evasiva que me permita tener un respiro.

Parapetarme detrás de un silencio no demasiado elocuente y esperar a que el problema gaste todos sus municiones contra la roca. Dar largas, patadas a seguir, para que el otro se canse de correr detrás de la pelota.

No se pueden afrontar los problemas hasta que uno se siente con valor. La mejor maniobra evasiva es esconderse detrás del miedo y vender la derrota a la que nos somete como la armadura que nos protege de no tener que hacer lo que no hicimos.

Pero para empezar a olvidar, el enemigo es nuestra propia cabeza y sus obsesiones, sus círculos viciosos, sus impertinentes retornos a un pasado que nos deslumbra. Hay que luchar contra un ejército minúsculo y avasallador de ratos en los que, al dejar la mente libre, la burra vuelve al trigo.

Es necesario entonces detectar el ataque y disparar una respuesta aprendida: contra los recuerdos lanzar todas las dudas infinitas; contra los círculos viciosos, atravesarlos con otros círculos más viciosos todavía; contra las obsesiones, hacer un recuento de daños y enumerarlos detalladamente.

Esta es pues la maniobra evasiva final: para dejar de pensar en tigres blancos, pensar en elefantes marrones que se tumban en el barro y evitar que nos aplasten bajo su peso.

Punto de vista

La realidad es no es la realidad, sino una interpretación interesada de un cerebro que nos miente para no dejarnos sufrir. Creemos que vemos, creemos que oímos, creemos que amamos.

 Amamos porque miramos el paquete que hay al lado de los zapatos como si fuera un regalo que nos trajeron los reyes magos. Y no digo que sea falso, no digo que no sea un regalo. Pero digo que se puede cambiar el punto de vista.

 Y mirar el paquete envuelto con torpeza desde los ojos de quién recorrió la tienda, esperó en la cola para pagarlo, se entretuvo un buen rato hasta que una amable señorita se lo envolvió en papel amoroso y lo escondió en el altillo del armario hasta la fecha señalada.

 No digo que no haya salido la paloma del sombrero del mago, ni digo que la carta que pensé no era, efectivamente, el tres de picas. Sólo digo que, por debajo de las cosas que brillan, hay una materia ocre que las sustenta.

 Para empezar a olvidar, hay que desenterrar esa materia y hacerla visible. Hay que despojar de brillos todo aquello que nos deslumbra y encontrar el esqueleto que lo sustenta, el acto cotidiano en el que se asienta, la ordinaria y doméstica causa que lo fabrica.

 No digo que encontrarte en el bolsillo una canción, una frase famosa, un poema, no sean gestos hermosos, sino que traslucen la falta de palabras propias. No digo que recibir siglas y emojis no resulte agradable y haga la conversación más tierna, sino que acaban convirtiéndose en una costumbre sin significado.

 No digo que no resulte consolador que te pregunten por tu salud, tu corazón o tus pesadillas, lo que digo es que los ascensores están repletos de preguntas que van rellenas de no tener nada más que decir.

 Cada cara de cada moneda tiene su cruz correspondiente. Cada gesto de amor tiene su interpretación perversa y es imprescindible desvelarla. Cada regalo que deslumbra tapa un objetivo vulgar que lo impulsa.

 No digo que recibir un saludo hecho con letras de dedo gordo no sea un motivo para ver de mejor color el día. Lo que digo es que también puede significar que alguien está pasando lista, evitando el dudoso título de ser el primero en olvidar.

 Digo que para empezar a olvidar, hay que cambiar de punto de vista. Para ver si, lo que tanto brilla, brilla solo o es uno mismo quien lo hace brillar.

No existe el pasado perfecto

No existe el pasado perfecto y sin embargo puede tumbar cualquier intento serio de sacudirse un recuerdo.

Porque la memoria es una extraña, no sé si el cerebro nos protege o nos secuestra, que le da brillos deslumbrantes a detalles que, al mismo tiempo que sabemos que duraron un segundo, parecen no haber acabado todavía.

Nos encierra, en la habitación del fondo a la derecha, los tropiezos, las ganas de llorar, el ridículo cotidiano y espantoso de dar continua y exactamente lo que el otro no necesita. Enmaraña el hilo de los agravios y los resuelve en humo que sube formando figuras caprichosas.

La memoria permite que echemos de menos, incluso lo que nunca pasó, pero no consiente en revivir las angustias recursivas, los agravios comparativos, el destrozo con el que los sueños explotaron en nuestra cara mucho antes de poderlos tocar con los dedos.

No sé si el cerebro nos protege o nos desarma, dejando que las sombras que perseguimos pesen más que las vísceras que no palpamos. Tal vez es que esos recuerdos amables sean metralla que se lanza uno mismo encima para creer que salimos intactos del derrumbe.

El caso es que nos protege o nos remata, dejando que el hueco de las ausencias se espese hasta formar un nudo en la garganta que hay que tragarse, sobre todo de noche, cuando no se ve nada alrededor a lo que agarrarse.

No existe el pasado perfecto, pero lo parece. Y lo parece tanto que cualquier canción dispara la fuga del gas, rompe las barreras que nos impusimos, inunda de agua el desierto de la soledad en la que nos hemos perdido a propósito.

No obstante, estoy descubriendo que hay que empeñarse en recolectar las imperfecciones de aquellos escasos momentos que parecen de acero inoxidable y darles un hervor en las noches de memoria perfecta.

Quiero decir que, sin querer herir a nadie, intento olvidar el blanco y el negro recuperando los grises del tiempo que ya sólo existe en mi memoria, esa extraña, no sé si tortura o consuelo, contra la que solo se puede sobrevivir por los pelos.

Dejarlo quieto

Todos los elementos disminuyen su tamaño cuando su temperatura baja. Todos, excepto el agua, que al congelarse dentro de la botella la hace estallar.

Contraintuitivo es también el procedimiento para el olvido. Pues podría parecer que, dado el objetivo, habría que diseñar una táctica concreta, con acciones específicas y contraindicaciones manifiestas, que nos condujeran al final del proceso hacia la desmemoria.

Sin embargo, me temo que no. Que realmente no hay ninguna táctica más efectiva que no hacer nada nuevo, sino seguir haciendo todo eso que ya estamos haciendo. Eso que no satisface y que nos ha empujado, casi sin darnos cuenta, hasta la tesitura de decidirse a olvidar.

Depositar palabras sin sustancia, como una especie de fe de vida, de tanto en tanto en las maquinitas del dedo gordo. Mantener la falta de entusiasmo en las respuestas vagas, invocar refranes para desactivar discusiones, hablar del tiempo y de las efemérides que salen en los telediarios como si hubiéramos coincidido en un ascensor.

Desconfiar del otro y enviar fotografías de un sólo uso. Hablar con emojis y reenviarse las palabras que nos han enviado otros y que contienen esas palabras intensas que ya no cuela que nos digamos nosotros.

Encomendar a los planetas y sus alineaciones la posibilidad de una llamada, de un encuentro, siempre y cuando no tengamos otra cosa mejor que hacer en ese momento. Ofrecernos los bordes de la pizza, los filos del mapa, las horas intempestivas de mucho calor.

No hay que hacer nada, sino lo mismo. Hacer lo mismo, sin planes, sin mucho empeño, como si rellenáramos al tuntún la primitiva que nos ha encargado otro.

Y, entre tanto, darse cuenta de que, conforme van pasando las semanas, los meses, que ya no nos encontramos nada urgente que dar ni que recibir.

Puede que a nuestra intuición le parezca raro que para conseguir algo no haya que hacer nada nuevo. Pero lo cierto es que, para que algo se muera, solo hay que dejarlo quieto.

 

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